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El baile infinito

Lo veo transparente, serio pero dulce. Yo, como quien la vida la va a abandonar en cinco segundos bailo, desde los pies hasta la sien, cerrando los ojos y dibujando su figura inerte en mi mente. Abro los ojos de nuevo, no me quiero perder esa burla que su semblante figura ante la humanidad presente, su cabello hasta los hombros y nariz filosa me provocan viajar hasta él y cantarle en la boca la tristeza que juntos compartimos.

Obviamente no me ve y tampoco es mi intención, suelo ser tan invisible en mi visibilidad ante el mundo que a cualquiera le podría parecer absurdo, pero es real. Saca de su bolsillo un cigarrillo y lo prende, aparece la muerte en la colilla del cigarro, la ignoro. Le pido que por hoy, por este momento, no me moleste pero, me responde que esta vez no me hace compañía a mí, lo acompaña a él.

Entre el vaivén de señas entre la muerte y yo, él voltea a verme y me regala una sonrisa cósmica que me hace sentir una fiesta en el vientre y una explosión estelar detrás de mi lúgrube mirada. Tiene, en su timidez una presencia bestial, creo que soy la única que se atreve a leerlo, como a esos libros que sabes que te cambiarán la vida pero lo hago solo a lejos porque sé, he entendido, he aprendido que salgo de cualquier alguien sola.

Se acerca y me sonríe, deja de llorar, me dice. Tengo ganas salvajes de que caminemos a la oscuridad y ver como su cuerpo escupe poco a poco la luz de sus fantasmas. Pero a él no le molesta la luz y a mí, ahora, es eso lo que me da miedo. Salen luciérnagas de sus pestañas, nacen ahí porque él es la paz y quizá es exactamente eso lo que más me enloquece de él porque yo en este profundo mar de melancolías y viajes lejanos, muertos, estáticos y miserables he aprendido a guardar una paz exquisitamente infinita en mi ser.

Yo duelo, y no digo que te doleré a ti, digo que me duelo yo. El dolor es parte de mí y aún en ese preciso momento después de secarme las lágrimas, de verme después de que nadie me ha visto, luego de batallas con la luna preguntándome por qué deja que tenga tanto frío y que me obligue a aceptar vivir la soledad de esta vida que se vive solo por vivirla, me abrazas y hacemos lo que más me gusta; bailar. No bailamos precisamente al ritmo de la música pero sí al ritmo de ese efímero momento que ambos sabemos que quedará tatuado en ese lugar y en nosotros.

Hasta luego sombra, hasta luego yo.

 

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Ritual de la pérdida

Este cosmos que se posa en ese rincón infernal

la soledad violenta espanta

nuestros pies desnudos y ardientes

me trago un machote

ensangrentado de inocencia porque la vida

siempre perdona el desquicio, en cambio tú, muerte

no eres tan miserable como ella, no a todos los recibes

de la misma manera

yo solo te ruego que a Alejandra Ico le

devuelvas la luz en tu oscuridad y le

maquilles la dulzura, borra las cicatrices

que la vida le permitió a la peste hacerle

mientras yo seguiré acá, llorándole, hablándole

y luchando por ella, contra la vida y contra

la suciedad de este mundo decadente

dame fuerzas, cada vez estoy más desolada

cada vez siento más asco,  las mujeres

no dejamos de caer en espiral en este abismo mugroso

insensible, devastador y ofensivo

mis pies arden porque camino sobre el odio

no me intoxiques de la vida ni me envenenes

déjame luchar un poco más, déjame hacer lo que

la justicia no

déjame ahorcar a los cuervos

muerte, apóyame en esto y déjame

expulsar el dolor.

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Unas veces Benedetti, otras yo.

Unas veces me siento como una jacaranda astillada

y en otras, como un colibrí enamorado.

Unas veces me siento intoxicada por la peste

y en otras como una hermosa criatura de llanto.

Uno a veces es la muerte misma desvaneciéndose

y otras veces la dulce niebla rozando la soledad de un abedul

pero hoy, me siento como un quetzal enjaulado

porque a nosotros, los animales libres

cuando nos encierran,

nos crecen las alas.

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Delirio en la Sombra

La tierra en resistencia

tiembla del miedo

y, los volcanes la siguen

derramando sangre

de lava por todos los

callejones de inocencia,

los dientes se derriten

y las manos se queman,

caos roto bajo el

lazo de monstruos

vomitando el desorden

hasta llorar.

Todos introducen la lengua

sedienta en los charcos de

suciedad.

No entendemos,

se estrangula la

naturaleza con

la mugre y chorrea.

Los marcianos desaparecen

y yo

pierdo la voz

para salvar

y te juro

te juro

querida margarita

que no soy tan

mala.

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Carta a mi escritora favorita

Querida Alejandra:

Siempre me digo que, ojalá y te hubiese conocido, seguramente hubiésemos escrito muchos poemas juntas y me hubiese encariñado contigo. Pero una vez un amigo me dijo que a los suicidas se les quiere diferente, justo cuando ya encontraron la paz que el mundo nunca les dio, así te quiero yo; en esta época, en este dolor.  Siento que tu dolor es mío y mi dolor es tuyo y que ambas vivimos la búsqueda de algo que nos haga sentir menos solas.

Perdona, amiga, pero debo confesarte que ya no te llevo en el bolsillo, te llevo en la soledad, te até con un hilo de lágrimas detrás de mis ojos. La especie también me sofoca, más en estos tiempos en donde la sociedad se deja seducir por la mugre y te absorbe de poquito en poquito. Te cuento que, yo por mi parte estoy como siempre, triste y sola.

Yo siempre sé de ti y tengo poco que contar de mí. Quería decirte: gracias. Tú siempre me ayudas a no pensar que estoy loca o al menos, a que no soy la única. Creo que eso necesitamos todos, sentir que no somos los únicos que caminan sobre el vaivén de la vida que involucra muchas cosas más que solo sonrisas rotas. Mientras tanto, seguiré a la poesía intentando salvar al mundo o salvarme a mí o quizá, quizá, ingenuamente, pueda salvarte a ti…ya lo decidiré.

Te quiere, Daniela.