Insomnia

Me dijo que las criaturas con sangre de libro siempre son así. Que siempre van a quejarse de ella por las noches en vela. La realidad era, me decía, que las noches no tenían tiempo, y el día que me atreví a debatirle, me sedujo, me metió la mano debajo del pantalón y jugó un rato ahí con sus dedos en mi entrepierna. Yo muchas veces me preguntaba cómo sabía tan bien qué era lo que yo necesitaba. Cómo conocía tan bien el erotismo agrio que me hacía venir. Luego siempre se iba o jugaba con caricias de lamento sobre mi piel. Tenía un aliento ceniciento y adictivo. Sus manos eran grandes y justas con mis caderas. Su lengua se metía en todos mis pensamientos, los sacudía lentamente y me dejaba enferma de recuerdo. Ella siempre tan opuesta a lo que se hace realidad. Está enamorada del sueño. Pero no de ese sueño que no se ve si no de ese sueño que solo puede persistir despierto. Sin embargo, no era muy amiga del atrapasueños sobre mi cama. Decía que ella no quería que se los llevara, que todos los sueños debían ser míos, solo así entendería los atropellos del dolor. Una de todas las noches que nos revolcábamos sobre mis sábanas y luego nos tumbábamos sobre la culpa que habíamos dejado en el acto, me contó que luego de tanta investigación, descubrió que las pesadillas le pertenecían solo a aquellas criaturas que se niegan a sanar. Me contaba tantas historias lindas y me hacía imaginar el futuro. Yo siempre me preguntaba por qué nadie la quería. Por qué hablaban tan mal de ella. Y cuando recapacitaba, entendía que era algo normal de nuestra especie, jamás tenemos los ojos abiertos ante la vida porque creemos que debemos cerrarlos para lo que está por venir, pero muchas veces lo que está por venir, nunca viene. Nunca cuestionamos si lo bueno es realmente lo que debería ser. Solo actuamos según lo aprendido. Lo mismo con ella, todos aborrecían su presencia sin entender que es necesaria. Yo estaba segura de algo. La amaba con fervor y de todo lo que hacíamos juntas, no existía placer más delicioso que amanecer con un libro en la mano junto a su sonrisa de luna. Gracias a ella escribo las cartas más honestas que he podido jamás. Recuerdo cuando entré por primera vez a su espacio, era una angustiante habitación sin iluminación. Yo venía de las sonrisas y las montañas y ella solo conocía la soledad y los pozos. Pero después de cierto tiempo en esa habitación, mi vista se acostumbró a la penumbra y pude descubrir que no era una habitación cualquiera. Era un universo. Al principio, me regalaba manjares de soledad y vacíos, hasta que descubrí que me daba lo que tenía. No había conocido a nadie que no intentara huir de ella con solo verla, conmigo no pasó eso, la cobijé entre mi pecho y dejé que llorara, que se limpiara de silencios. Con el tiempo me consentía de estima y me endulzaba de aventura. Escalábamos por todos mis lugares, me contó que soy enorme por dentro, me ayudó a recordar, a olvidar, a sumergirme y a flotar. Incendió de talento mi dolor y marcó de placer mi desnudez.

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