El amor migra

Recuerdo que una vez estábamos con mi hermano mayor solos en la casa y teníamos reguetón a todo volumen, él debía haber tenido unos 15 y yo 13 años, el punto es que, estábamos bailando cada quien por su lado y vino él y se subió a la mesa de centro de la sala, se quitó la camisa (bailando) e iba a subirla y girarla en el aire cuando esta rozó el adorno de la mesa de centro y este cayó al suelo hasta hacerse pedazos. Ambos volteamos a vernos con cara de susto e intentamos pegarlo con silicón pero, no funcionó, seguía roto. Es complicado entender que, la vida es así, cuando algo se hace pedazos, por más que se intente, arreglarlo es casi imposible.

Yo ya había escapado de vos una vez, te encontré en un café de zona 4, salimos un tiempo y a las semanas te perdí. Hace un tiempo nos encontramos otra vez para desayunar, yo quería que fuéramos amigos, pero esa mañana me instalé en la calidez que habitaba en los segundos que corrían cuando estaba a tu lado. Siempre le pregunto a la poesía ¿por qué me hizo así?  tuve, sobre la mesa, todas las opciones para salir corriendo pero, ¿qué es el ser sin el amor? tenías en los ojos un dolor que me pedía quedarme, tal vez no precisamente a mí, pero sí a lo que tenía para darte. Conocí tus miedos y los volví míos para que la carga fuera más ligera y me vi, me vi sonriente, más de lo normal, más de esa sonrisa que mi nombre ya bailaba.

Creo que uno lo sabe. Uno sabe cuando se va a tirar del precipicio. Es como cuando encontrás tu libro favorito, lo lees y luego lees otro que te gusta, pero tu libro favorito siempre será el mismo. Yo tenía todas las puertas y ventanas cerradas, no existían vías de escape ni nada que lograra derribar los muros que había colocado a mi alrededor pero, tu sonrisa tenía el poder de una revolución capaz de rescatar hasta nuestro propio país. Eras mi poema favorito, eras esa canción que solo se reproducía si me mirabas. Entraste sin tocar, abriste todo a tu alrededor, derribaste los muros y te sentaste en mi verdad.

Ese primer día que sin vacilar nos enlazamos, vos con tu dolor y yo con el mío, creyendo ingenuamente que íbamos a salir ilesos, supe que te ibas a ir. Pero en este mundo se camina con la ilusión de la certeza, todos saben cómo manejar los sentimientos, todos callan para no expresar lo que sienten, son precavidos, prudentes y orgullosos. A la gente la decepcionan una vez y vuelve a evitar todo tipo de riesgo a las siguientes, siendo egoístas, buscando el cansancio y en el amor, lo único que nunca pierde la razón, es el corazón. Y yo, no quería ser egoísta, no quería decir no y perderme en un laberinto de amargura por no permitirme a mí misma amar y que me amasen, Aparte, te tenía frente a mí con ese cabello que alguna vez se trenzó con el mío y con esas manos, que conocían perfectamente la geografía de mis placeres, por eso, dejé pasar las señales y el adiós que me diste incluso antes de entrar.

Pero era diciembre, quizá alrededor de las 3 de la madrugada y el viento chocaba agresivamente contra mi cuerpo, no respetaba a las sábanas y se colaba por debajo de ellas, se acercaba a mí y congelaba las lágrimas. Yo tenía un dolor que rechinaba en cada orilla de mi corazón que para ese entonces ya era un rompecabezas con piezas perdidas, cada pedazo tenía su propio latido moribundo. Ya llevaba más de un mes llorando de la misma manera, todas las noches, en la misma cama, con la misma ropa, esperando la misma respuesta. El llanto era pesado, terco y desconsiderado. Acurrucada en almohadas de esperanza y cansada de una rutina que no era más que una caricia triste me pregunté, ¿por qué? y luego de eso, todo tuvo sentido. La respuesta en el dolor siempre sigue siendo el amor. Habita en todas partes, en la orilla de tu ombligo y en los agujeros más hondos y oscuros, querer escapar de él también viene de sentirlo.

No ibas a volver. Pero no era porque nuestro amor se hubiese muerto, porque el amor no es eso, al amor no lo matamos, no se quiebra, no se deshace, no cambia su composición, no se oscurece, no llora. El amor migra.

 

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