Libertad en demolición

Cuando desperté, impactaba sobre mis ojos una luz que reconocí al instante por haberla visto antes. Lo sé porque en un escalofrío mi cuerpo la recordó. Intenté calmarme antes de hacer cualquier movimiento, volteé encandilada y vi a Agustín, estaba sentado en una silla de espaldas hacia mí y veía a la ventana en silencio. Él siempre en su mundo. Creo que mi ser era el segundo lugar en el mundo en donde se perdía. Habla poco y cuando lo hace es sarcástico, interactúa de una manera muy ácida y nunca le he conocido tan solo un suéter, su temperatura es cálida como su silencio y todo le parece absurdo, menos yo.

Nunca nos hemos besado ni tocado más allá de los gestos diplomáticos de la interacción humana, dada su obsesión por el espacio personal pero, somos amantes, de eso estoy segura. Él me acaricia con su honestidad y con las torres de libros en donde millones de veces hemos viajado juntos. Nuestros momentos más íntimos han sido las visitas en las librerías de segunda mano que hay por toda la zona 1 para luego ir al Pasaje Rubio y tomarnos un té en Caravasar mientras hablamos por horas de todas las turas, como decía Cortázar.

Quería hablarle pero me sentía cansada incluso para intentarlo, bajé la vista y me vi sobre una camilla cubierta en una bata blanca, me asusté e intenté preguntarle qué pasaba. Grito su nombre y mis oídos no entienden lo que digo, grito más fuerte y mis palabras son como intentar hablar en medio de un bostezo. Agustín voltea y cuando lo veo, siento como el miedo recorre por mis piernas y sube por todo mi cuerpo hasta convertirse en lágrimas. Veo en los ojos de Agustín cómo se prepara para el derrumbe. Tranquila Paulina, me suplica, déjame avisarle a Mariana que has despertado pero, por favor calma.

A Mariana la conocí una noche en una convención de periodistas a la cual ella había llegado obviamente por equivocación. Mi torpeza y su orden se sedujeron y de ese encuentro jamás volví. Somos como el agua y el aceite. Es mi escándalo con su serenidad, es la turbulencia de mi risa con la tranquilidad de sus ojos; esa noche hablamos y reímos hasta que nos dieron las 5 de la mañana, así descubrí que ella no era solo una persona, ella es un lugar. Nos bastaron 2 semanas para enamorarnos y un mes para mudarnos juntas. Mariana es la mejor arquitecta del país y es muy buena escribiendo aunque siempre me diga que ese talento solo es mío.

Solía publicar en una revista universitaria sobre cómo llevaba la vida con un padre ausente y una madre que intentaba, arrodillada ante una tormenta que no parecía acabar, sacar a sus hijos adelante. Es la mayor de tres hermanas, es serena, filósofa por naturaleza y con la sonrisa más punzante que he visto, cualquier alma cuerda suplica ser apuñalada por ella. Entró de golpe a la habitación, sus ojos encontraron, esta vez, la calma al verme y la vi más fuerte que nunca, más mujer, más hermosa. Estoy contigo en esto, me dijo. Agustín nos veía recostado en la pared. Yo quería entender qué me pasaba volteé y vi las rosas rojas, azules y naranjas que reinaban en el estampado del cuaderno que mi tía  Marta me había regalado ese día y así entendí que me pasaba la vida. Llevaba años intentando entender el lenguaje y en ese momento era incapaz de comunicarme, de decirles que les necesitaba, que aunque me cuesta decirlo, siempre les he necesitado.

Entra la enfermera. Paciente Gerardo Raya, pregunta. Veo a la señorita luego de tragar fuerte y asiento. Hacía mucho que ya no me identificaba con ese nombre y no podía corregirla. Y casi como por telepatía, se llama Paulina, la corrige Mariana.

 

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