El monstruo de la sombra

Llegué al apartamento de Lucía justo en el momento de la comida. Me vio y lloró, llevaba días enteros ensimismada porque su pareja le había roto el corazón y habían terminado aparentemente para siempre. Almorzamos hilachas de cajita y bebimos agua.

Al terminar, como sé lo mala que soy para consolar y lo buena que soy para habitar, me levanté del comedor y me tumbé sobre ese sillón gris, el único que cada vez que me acostaba en él, podía contarme las historias más profundas de la vida de esas tres mujeres que vivían en ese lugar. Debíamos esperar a Samantha para ir a la despedida de soltera de Renata, ese evento me estaba costando la ansiedad entera que provoca saber que los años no dejan de quitarse. Lucía daba vueltas por todas partes, circulaba de la cocina a la sala y de la sala a la cocina. Se cuestionaba, lloraba, se maldecía. Tenía el corazón hecho pedazos.

Yo llevaba tanto tiempo sin sentir eso que ya ni lo recordaba pero con el amor que le tengo, podía sentirlo. Llegó Samantha y nos fuimos al Esperanto, dicen que a ese bar llegaban todos los poetas del país que era su lugar para interactuar y crear. Incluso muchos viajaban desde Xela para venir a ese lugar encantado. Es bohemio, con luz tenue y se siente paz, sabes que siempre estará alguien que conoces y gente que conocerás inevitablemente para que sea parte de tu vida y se juegue el círculo de ganar y perder, dar y recibir, llorar y reír. Al llegar, estaba todo nuestro grupo de amigas con rostros de celebración.

Lucía me dio un poco de hierba y fumó un poco ella también. Todo era risas y recuerdos absurdos, tristes y fantásticos de nuestros años de amistad, conversamos de los amores que estuvieron, que están y lo que vendrían, típicos temas que tienes con tus amigas de toda la vida. A veces me da ansiedad estar entre tanta gente, necesitaba fumarme un cigarro, salí del bar a recibir un poco de aire o a quitármelo, no estoy segura.

Veía firmemente los árboles y disfrutaba lo cálidas que pueden ser las noches acá en este lugar y un animal que nunca había visto antes pendía de la rama de un árbol, se sostenía gracias a sus pies y quedaba de cabeza, tenía alas. No podía dejar de verlo, me provocó náuseas, quería vomitar el calor. No estaba segura si realmente lo estaba observando o era alguna alucinación. Intenté acercarme al árbol y encontrar alguna manera de que acercase a mí, lo quería ver mejor. Intenté hacer de todo pero no se movía, estaba frustrada. Me senté en la banqueta a esperarlo.

Me quedé en silencio, y como de sorpresa sentí que algo se posó en mi cabeza, lo agarré con mis dos manos, quería verlo mejor. Era un murciélago, al tenerlo en mis manos una corriente de fuego me despertó una indescriptible necesidad de alimentarme de él y sin balbucear, lo trasladé a mi boca, sabe a miedo y a muerte. El carmín de su sangre se enredaba en mi dentadura con un sabor tan adictivo que me resultaba hasta erótico.

Después de ese turbio festín, decidí volver al bar por otra cerveza, quería distraer esa escena de la cual no había caído en cuenta hasta después de un rato. Decidí obviar lo sucedido y seguir bebiendo. Una sensación extraña me molestaba la espalda, como una picazón engorrosa quise rascarme y encontré de nuevo al animal de la oscuridad. Lucía me llamaba para ser partícipe del Karaoke, le hice una mueca de que debía salir por aire y extrañada asintió. Al salir saqué al murciélago de debajo de mi blusa y volví a comérmelo, sentía cómo mi esófago se desgarraba con su textura, podía sentir cómo cada pedazo pesaba dentro de mi estómago.

Quería volver adentro pero sentí de nuevo cómo rasgaba mi espalda, volví a tomarlo en mi mano, quería dejarlo de ir, quizás así no volvería a aparecer pero no podía. Nacía un impulso, loco, adictivo dentro de mí por volver a sentir su sabor, volví a comerlo. ¡Maldita delicia! Mis papilas sentían un orgasmo infinito y el dolor que me provocaba era necesario. De pronto empecé a marearme, sentí un ardor. Un fuerte ácido recorría mis venas y todo mi cuerpo necesitaba sacarlo, volteé a ver a mi alrededor y todos seguían actuando normal. Sentí sus patas rascando mi espalda otra vez.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s