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¡Ay vida!

¡Ay vida! Enséñame a perdonarme. Que el llanto me caiga fuerte. Ayúdame a ser màs humana y menos soberbia. A sentir, a amar cada vez con màs intensidad. No cortes mis aletas, las necesito para volar. Universo no te detengas, gira y sana el duelo carmesì que ha caminado conmigo en este tiempo.

Tristeza, tenme compasión. Es un nuevo año y sigo perdida en el laberinto que me lleva hacia mí. Luna, límpiame de amor y de sueños rotos. Quiero ser verso en este poemario que es la vida, quiero ser luz en los túneles de las derrotas.

¡Ay vida! Tú me has visto a la deriva, los alacranes escalando en mi impotencia y la soledad, como la serpiente, se enredaba soñadora en mi alma. Le supliqué a todos los dioses entre lágrimas y me encontré más alejada. Me conocí y rescate al quetzal, mi álter ego infinito. No me dejes dejar de soñar.

Me fumo los girasoles y reflorecen en mis pupilas desgastadas por la poesía, las letras se introducen en mis pezones en donde se vuelven mar y huelen a sal. El agua me alimenta, floto en la laguna de la libertad, quiebro todos los cristales que encierran mi viento. El alba me espera al final de este camino, mientras pueda amarla y disfrutarla antes de caminar por los mundos opuestos.

Querida muerte, soy hija del abandono. Por favor, cuando vengas no te vayas, no me abandones. Vida, por favor permíteme aventurarme en las aguas de los amores a los que he amado efímeramente con todo el corazón.

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